El Libro Infierno ( CARLO FRABETTI ) - Parte 5
El Noveno Círculo
El infierno era una biblioteca circular. Me hallaba en el fondo de un pozo de unos diez metros de diámetro con su cóncava pared totalmente tapizada de libros, tan profundo que su boca parecía una pálida Luna cenital en un firmamento de papel sombrío.Mi primer impulso fue trepar por las estanterías, pero los anaqueles estaban ardiendo.Recogí del suelo uno de los libros que había quitado de su lugar para apoyar los pies y lo hojeé distraídamente. Era un ejemplar de Sak-Water Ballads, de John Masefield. Al pasar las páginas di con uno de sus poemas más conocidos, «Sea Fever», y leí:
I must go down to the seas again,to the lonely sea and the sky,
Como bien saben los lectores de Masefield, el «go» del primer verso sobra. No hay más que consultar la edición canónica de Grant Richards (Londres, 1902) para comprobar que el poema empieza así:
I must down to the seas again,
En algún momento entre 1902 y 1918, un antólogo o un tipógrafo descuidado introdujo el «go» espurio en una edición que sirvió de fuente (emponzoñada) a recopiladores posteriores.Dejé el libro con disgusto y cogí una cuidada edición de los poemas de Robert Frost. Cuidada sólo en la presentación, según comprobé enseguida. El famoso verso
The woods are lovely, dark and deep.
había sido convertido en
The woods are lovely, dark, and deep.
La coma añadida, que alteraba tanto el sentido como la cadencia, me hizo temer lo peor. Y, efectivamente, se trataba de la tristemente célebre edición de Edward Connery Lathem.-Quelle connerie, n'est-ce pas? --me susurró al oído una voz reseca como el aire del desierto. Era el bibliotecario.-Desde luego -asentí.--Mil ciento diecisiete connerías, para ser exactos: una media de 3,4 por poema -añadió el demonio tras coger el libro de mis manos y examinarlo pasando sus páginas con vertiginosa rapidez-. Comas de más, comas de menos, guiones fuera de lugar, palabras sueltas unidas para convertirlas en compuestas, signos de interrogación añadidos...-¿Y por qué no tenéis buenas ediciones? -le pregunté con tono de reproche.-Las buenas ediciones van al cielo, amigo mío. O, en su defecto, a otros círculos -contestó el plomizo bibliotecario mientras devolvía a su lugar al injuriado Frost-. Y éste es el Noveno Círculo, el último y más profundo, el culo del infierno, si me permites la vulgaridad, el culo de saco...-¿El círculo de los traidores?-Exacto. Editore, traditore...--¿No es «traduttore, traditore»?-También, por supuesto. Pero a los grandes traidores hay que buscarlos sobre todo entre los editores, los gestores culturales y los albaceas literarios. Al fin y al cabo, la traición del traductor es flagrante, cualquiera puede descubrirla y refutarla sin más que cotejar la traducción con el original. El editor, además de ser cómplice (cuando no instigador) de las traiciones de los traductores, perpetra sus injurias específicas desde una situación de poder e impunidad, casi siempre en la sombra, lo que hace muy difícil repararlas.-¿Y los gestores culturales?-Los gestores y los pontífices culturales también pueden ser nefastos. Baste pensar en las legiones de poetastros metidos a traductores que, medio cómplices medio víctimas de Octavio Paz, incurren en la petulante grosería del «poema homólogo». En cuanto a los autoproclamados albaceas...-Ya sé, ya sé. El sobrino de Miguel Ángel, la hermana de Nietzsche...-Y tantos otros. Aquí los encontrarás a todos -dijo señalando con un amplio gesto los curvos estantes.-¿Y qué hago yo aquí, entonces? -protesté-. Se me puede acusar de muchas cosas, pero no de traidor. Mis traducciones de Verne, de Quasímodo...-Podría ponerles algunas objeciones, pero se puede decir que en general son aceptables -reconoció el bibliotecario.-¿Entonces?-Tus traducciones no están aquí.-Pero estoy yo. Que, además, no soy un libro.-Esa última afirmación es discutible... En cualquier caso, sólo llevas aquí unos minutos. Y es que me gusta enseñar toda la biblioteca, desde abajo.-Pues ya he visto bastante.--No seas impaciente, aún no has visto casi nada.-No tengo ningún interés en ver malas traducciones y ediciones perversas -repliqué con fastidio.-En este círculo también están los grandes traidores de la literatura, como Judas o Yago, y los pequeños, que a menudo son más interesantes,-¿Por ejemplo?-Por ejemplo, éste. ¿Conoces el cantar de Florindo y Edelvira? --me preguntó el demonio mientras su brazo se estiraba como la lengua de un camaleón y atrapaba un libro situado a varios metros de altura, que puso en mis manos.-No, no lo conozco -admití. Hojeé el viejo volumen sin entusiasmo, leyendo algunos párrafos aquí y allá. Parecía una insulsa historia de amor caballeresco.-Tiene un curioso desenlace -comentó el bibliotecario-. Te lo resumo: un terrible dragón está a punto de devorar a Edelvira. Florindo puede salvarla atacando al monstruo para dar a su amada tiempo de huir; pero de este modo el caballero se enfrenta a una muerte segura...-Y la idea no parece entusiasmarle -añadí tras leer apresuradamente el final--, pues deja que el dragón devore a Edeívira. Qué canalla...En el espacio en blanco que quedaba en la última página del libro bajo la palabra FIN, como si el papel sudara sangre, se formó entonces un nuevo párrafo en temblorosas letras rojas:
No soy un canalla, severo lector, sino el más abnegado de los amantes. Mi primer impulso fue el de inmolarme por Edelvira.Sin embargo, enseguida me di cuenta de que habría sido una decisión egoísta. La vida sin mi amada iba a ser un infierno para mí y, por tanto, prefería morir a perderla. Pero, dada la perfecta reciprocidad de nuestro amor, el razonamiento era igualmente válido a la inversa; la vida sin mí habría sido insoportable para ella, y si me inmolaba la condenaría a un destino mucho peor que la muerte. Por eso, en un supremo acto de amor y abnegación, dejé piadosamente que el dragón la devorara.
-¿Estás seguro de que Florindo..., quiero decir, de que este libro deba estar aquí? --le pregunté al demonio mientras el papel reabsorbía las fantasmales palabras del caballero como la arena absorbe las lágrimas.-¿Tú qué crees? --me preguntó él a su vez.-SÍ realmente sintió y pensó lo que dice, es el más noble y heroico de los amantes.-¿Y si es una sutil excusa urdida a posteriori?--In dubio pro reo.-Si lo que dice es verdad, la vida sin su amada es un infierno para él. Si miente, merece el infierno. En cualquier caso, éste es su sitio -sentenció el bibliotecario-. Pero tú no tienes por qué estar aquí. Voy a pensar un número, y si lo adivinas te llevaré al siguiente círculo.-No es justo -protesté-. ¿No acabas de decir que no tengo por qué estar aquí?-A no ser que falles la sencilla prueba que te voy a poner. Eso sería traicionarte a ti mismo. La peor de las traiciones (la única, en realidad).-Adivinar un número es cuestión de suerte -repliqué.-No de la forma en que te lo voy a plantear. Yo pensaré un número natural...-¿En qué intervalo?-Un número cualquiera, ad libídinem. No me gusta poner límites a mi imaginación.-¡Pero entonces hay infinitas posibilidades! ¡Es matemáticamente imposible acertar!-Si sólo pudieras decir un número, sí. Pero puedes decir todos los que desees... Ya he pensado el número. Empieza cuando quieras.-Supongo que no tengo elección... Uno, dos, tres, cuatro...-Ya está -me interrumpió el demonio.-¿Cómo? ¿Ya he acertado?-No, pero es obvio que si sigues recitando ordenadamente la lista de los números naturales, tarde o temprano dirás el que yo he pensado. Así que en potencia has superado la prueba. Y aquí, bajo la especie de la eternidad, la potencia se equipara al acto.
El infierno era una biblioteca circular. Me hallaba en el fondo de un pozo de unos diez metros de diámetro con su cóncava pared totalmente tapizada de libros, tan profundo que su boca parecía una pálida Luna cenital en un firmamento de papel sombrío.Mi primer impulso fue trepar por las estanterías, pero los anaqueles estaban ardiendo.Recogí del suelo uno de los libros que había quitado de su lugar para apoyar los pies y lo hojeé distraídamente. Era un ejemplar de Sak-Water Ballads, de John Masefield. Al pasar las páginas di con uno de sus poemas más conocidos, «Sea Fever», y leí:
I must go down to the seas again,to the lonely sea and the sky,
Como bien saben los lectores de Masefield, el «go» del primer verso sobra. No hay más que consultar la edición canónica de Grant Richards (Londres, 1902) para comprobar que el poema empieza así:
I must down to the seas again,
En algún momento entre 1902 y 1918, un antólogo o un tipógrafo descuidado introdujo el «go» espurio en una edición que sirvió de fuente (emponzoñada) a recopiladores posteriores.Dejé el libro con disgusto y cogí una cuidada edición de los poemas de Robert Frost. Cuidada sólo en la presentación, según comprobé enseguida. El famoso verso
The woods are lovely, dark and deep.
había sido convertido en
The woods are lovely, dark, and deep.
La coma añadida, que alteraba tanto el sentido como la cadencia, me hizo temer lo peor. Y, efectivamente, se trataba de la tristemente célebre edición de Edward Connery Lathem.-Quelle connerie, n'est-ce pas? --me susurró al oído una voz reseca como el aire del desierto. Era el bibliotecario.-Desde luego -asentí.--Mil ciento diecisiete connerías, para ser exactos: una media de 3,4 por poema -añadió el demonio tras coger el libro de mis manos y examinarlo pasando sus páginas con vertiginosa rapidez-. Comas de más, comas de menos, guiones fuera de lugar, palabras sueltas unidas para convertirlas en compuestas, signos de interrogación añadidos...-¿Y por qué no tenéis buenas ediciones? -le pregunté con tono de reproche.-Las buenas ediciones van al cielo, amigo mío. O, en su defecto, a otros círculos -contestó el plomizo bibliotecario mientras devolvía a su lugar al injuriado Frost-. Y éste es el Noveno Círculo, el último y más profundo, el culo del infierno, si me permites la vulgaridad, el culo de saco...-¿El círculo de los traidores?-Exacto. Editore, traditore...--¿No es «traduttore, traditore»?-También, por supuesto. Pero a los grandes traidores hay que buscarlos sobre todo entre los editores, los gestores culturales y los albaceas literarios. Al fin y al cabo, la traición del traductor es flagrante, cualquiera puede descubrirla y refutarla sin más que cotejar la traducción con el original. El editor, además de ser cómplice (cuando no instigador) de las traiciones de los traductores, perpetra sus injurias específicas desde una situación de poder e impunidad, casi siempre en la sombra, lo que hace muy difícil repararlas.-¿Y los gestores culturales?-Los gestores y los pontífices culturales también pueden ser nefastos. Baste pensar en las legiones de poetastros metidos a traductores que, medio cómplices medio víctimas de Octavio Paz, incurren en la petulante grosería del «poema homólogo». En cuanto a los autoproclamados albaceas...-Ya sé, ya sé. El sobrino de Miguel Ángel, la hermana de Nietzsche...-Y tantos otros. Aquí los encontrarás a todos -dijo señalando con un amplio gesto los curvos estantes.-¿Y qué hago yo aquí, entonces? -protesté-. Se me puede acusar de muchas cosas, pero no de traidor. Mis traducciones de Verne, de Quasímodo...-Podría ponerles algunas objeciones, pero se puede decir que en general son aceptables -reconoció el bibliotecario.-¿Entonces?-Tus traducciones no están aquí.-Pero estoy yo. Que, además, no soy un libro.-Esa última afirmación es discutible... En cualquier caso, sólo llevas aquí unos minutos. Y es que me gusta enseñar toda la biblioteca, desde abajo.-Pues ya he visto bastante.--No seas impaciente, aún no has visto casi nada.-No tengo ningún interés en ver malas traducciones y ediciones perversas -repliqué con fastidio.-En este círculo también están los grandes traidores de la literatura, como Judas o Yago, y los pequeños, que a menudo son más interesantes,-¿Por ejemplo?-Por ejemplo, éste. ¿Conoces el cantar de Florindo y Edelvira? --me preguntó el demonio mientras su brazo se estiraba como la lengua de un camaleón y atrapaba un libro situado a varios metros de altura, que puso en mis manos.-No, no lo conozco -admití. Hojeé el viejo volumen sin entusiasmo, leyendo algunos párrafos aquí y allá. Parecía una insulsa historia de amor caballeresco.-Tiene un curioso desenlace -comentó el bibliotecario-. Te lo resumo: un terrible dragón está a punto de devorar a Edelvira. Florindo puede salvarla atacando al monstruo para dar a su amada tiempo de huir; pero de este modo el caballero se enfrenta a una muerte segura...-Y la idea no parece entusiasmarle -añadí tras leer apresuradamente el final--, pues deja que el dragón devore a Edeívira. Qué canalla...En el espacio en blanco que quedaba en la última página del libro bajo la palabra FIN, como si el papel sudara sangre, se formó entonces un nuevo párrafo en temblorosas letras rojas:
No soy un canalla, severo lector, sino el más abnegado de los amantes. Mi primer impulso fue el de inmolarme por Edelvira.Sin embargo, enseguida me di cuenta de que habría sido una decisión egoísta. La vida sin mi amada iba a ser un infierno para mí y, por tanto, prefería morir a perderla. Pero, dada la perfecta reciprocidad de nuestro amor, el razonamiento era igualmente válido a la inversa; la vida sin mí habría sido insoportable para ella, y si me inmolaba la condenaría a un destino mucho peor que la muerte. Por eso, en un supremo acto de amor y abnegación, dejé piadosamente que el dragón la devorara.
-¿Estás seguro de que Florindo..., quiero decir, de que este libro deba estar aquí? --le pregunté al demonio mientras el papel reabsorbía las fantasmales palabras del caballero como la arena absorbe las lágrimas.-¿Tú qué crees? --me preguntó él a su vez.-SÍ realmente sintió y pensó lo que dice, es el más noble y heroico de los amantes.-¿Y si es una sutil excusa urdida a posteriori?--In dubio pro reo.-Si lo que dice es verdad, la vida sin su amada es un infierno para él. Si miente, merece el infierno. En cualquier caso, éste es su sitio -sentenció el bibliotecario-. Pero tú no tienes por qué estar aquí. Voy a pensar un número, y si lo adivinas te llevaré al siguiente círculo.-No es justo -protesté-. ¿No acabas de decir que no tengo por qué estar aquí?-A no ser que falles la sencilla prueba que te voy a poner. Eso sería traicionarte a ti mismo. La peor de las traiciones (la única, en realidad).-Adivinar un número es cuestión de suerte -repliqué.-No de la forma en que te lo voy a plantear. Yo pensaré un número natural...-¿En qué intervalo?-Un número cualquiera, ad libídinem. No me gusta poner límites a mi imaginación.-¡Pero entonces hay infinitas posibilidades! ¡Es matemáticamente imposible acertar!-Si sólo pudieras decir un número, sí. Pero puedes decir todos los que desees... Ya he pensado el número. Empieza cuando quieras.-Supongo que no tengo elección... Uno, dos, tres, cuatro...-Ya está -me interrumpió el demonio.-¿Cómo? ¿Ya he acertado?-No, pero es obvio que si sigues recitando ordenadamente la lista de los números naturales, tarde o temprano dirás el que yo he pensado. Así que en potencia has superado la prueba. Y aquí, bajo la especie de la eternidad, la potencia se equipara al acto.



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