El Libro Infierno ( CARLO FRABETTI ) - Parte 10
El Cuarto Círculo
La actíníca cabellera cayó impotente sobre los hombros del bibliotecario, y su manto de sombra se desplegó en un par de alas cenicientas. Parecía una versión abismal de la Melancolía de Durero.Alzó pesadamente el vuelo, y yo me agarré a sus faldones para subir al siguiente círculo, que, tal como me esperaba, era un pozo de unos sesenta metros de diámetro.-Este es el Cuarto Círculo, el de los avaros y los pródigos -dijo el demonio mientras sus alas se sublimaban y el oscuro vapor se posaba en el suelo para reconvertirse en sombra.-Sé de bastantes libros a los que no iría mal el adjetivo «pródigo», al menos en una de sus acepciones; pero el concepto de libro avaro no me resulta evidente -admití.-Pues a menudo los pródigos y los avaros son los mismos -dijo el bibliotecario reabsorbiendo su seudocabellera-. Pródigos en palabras, avaros en ideas: así son la mayoría de los libros actuales. La verborragia hueca o puramente repetitiva es el signo de la literatura contemporánea.»Pero la avaricia en un sentido menos metafórico, más literal y vicioso, tampoco es infrecuente en vuestra degradada cultura... Y el más claro equivalente cultural de la avaricia es el coleccionismo, una actividad que, pese a su prestigio (a menudo los coleccionistas de arte se confunden con los mecenas), es casi siempre tan mezquina y perversa como la acumulación de dinero.-Creo que generalizas en exceso -repliqué-. La filatelia, por ejemplo, siempre me ha parecido una manía un tanto enfermiza. Pero un coleccionista de cuadros...-Un coleccionista de cuadros -me cortó el demonio-- no es más que un filatélico megalómano con la vieja coartada del amor al arte. Sus estampillas son más grandes y vistosas, y las cuelga ostentosamente en las paredes en lugar de disponerlas en las páginas de un álbum; pero el espíritu de acumulación y acaparamiento es el mismo. El afán de poseer, causa de todos los males, la obcecada confusión entre tener y ser, es el motor del coleccionismo.»Pero puesto que la belleza no se deja poseer, sino sólo admirar en la escasa medida en que podéis soportarla y, desdeñosa, rehusa destruiros, el coleccionista se aferra a los fetiches de la belleza, sus meros soportes materiales, cuyo nulo valor intrínseco se intenta enmascarar con su precio exorbitante.-Si lo que llamas «meros soportes materiales» de la belleza son las obras de arte originales, como se desprende de tu discurso, no puedes decir que carezcan de valor intrínseco: es cierto que a menudo alcanzan precios desorbitados y que el mercado del arte es uno de los más abyectos; pero son objetos únicos e irrepetibles...-Eso era antes, en todo caso -replicó el bibliotecario-. Desde que existen medios de reproducción capaces de realizar copias indistinguibles del original, la obra de arte única e irrepetible es pura entelequia, mejor dicho, pura mixtificación. Del mismo modo que un poema es una secuencia de palabras, no la tinta que las plasma en el papel, un cuadro es un conjunto ordenado de puntos de color, no las partículas de pigmento pegadas al lienzo. Sólo que reproducir una secuencia de puntos de color, sin perder nada de la información que contiene, es mucho más difícil, técnicamente, que reproducir una cadena de letras; por eso el fetichismo del libro está mucho menos difundido y arraigado que el del cuadro.»Si ardieran las hojas en las que Cervantes escribió el Quijote, nadie lo vería como una tragedia para la literatura; pero si ocurriera algo parecido con la Gioconda, casi todos lo considerarían una pérdida irreparable. Y sin embargo, hay copias de la Gioconda que ni el ojo más experto podría distinguir del original. Y aunque todas ardieran a la vez, el alma del cuadro, su información digitalizada, permitiría reconstruirlo con absoluta exactitud cuantas veces se deseara, sin perder ni un ápice de su misteriosa belleza.»Llegará el día, si la humanidad progresa intelectual y (est)éticamente, en que los artistas tirarán o reciclarán sus originales del mismo modo que los escritores tiran o reciclan sus manuscritos una vez editados los libros.-En cualquier caso -dije tras unos segundos, para respetar su pausa enfática-, éste no es mi sitio. Nunca he coleccionado ni atesorado nada, y ni el libro de mi vida ni los que he escrito pecan de especialmente pródigos o avaros.-Eso es bastante cierto --reconoció el demonio-, Pero puesto que has logrado escapar (con rara astucia, debo admitirlo) del Quinto Círculo, tendré que retenerte aquí. Sales ganando, por cierro: este nivel está lleno, entre otras cosas, de bellísimos catálogos de arte.--No des por supuesto que voy a quedarme en este agujero. Tengo derecho a una prueba. Aunque supongo que no querrás que adivine un número imaginario -ironicé.-Ni ninguna otra cosa, evidentemente. Tu último truco es un algoritmo universal que, bajo la especie de la eternidad, acabaría resolviendo cualquier adivinanza, enigma o problema que admitiera una solución verbal.-¿Qué prueba tendré que superar, entonces?-Puesto que el afán de completitud envenena el espíritu de esos avaros blanqueados que son los coleccionistas, quiero que confecciones un catálogo completo de la pintura universal.-Es una tarea infinita -protesté.-Estás dando por supuesto que la producción de cuadros nunca tendrá fin. Ni la de hombres. Lo cual es de todo punto inverosímil. Lo más probable es que acabes tu tarea en unos cuantos milenios. Si la emprendes con diligencia y tesón, naturalmente.-¿De qué medios dispongo?El bibliotecario se sacó de la amplia bocamanga un ordenador portátil y me lo dio sin más comentarios. Acto seguido se convirtió en un enjambre de abejas, que se fueron volando en todas direcciones.Al cabo de un rato lo llamé, e inmediatamente las abejas confluyeron en su punto de partida y recompusieron al demonio.-¿Todavía no has iniciado tu tarea? -preguntó al ver que no me había movido del sitio.-Por el contrario, ya la he terminado. Aquí están -dije esgrimiendo el ordenador- todos los cuadros del mundo.-¿De veras? ¿Te importaría hacerme una demostración?-Será un placer... Verás, como hay muchos cuadros sin título y otros muchos con títulos coincidentes, he pensado que la forma más precisa e inequívoca de llamar cada obra es su descripción.-Tendrá que ser una descripción muy minuciosa, pues muchos cuadros se parecen en temática y tratamiento -comentó el bibliotecario acariciándose el huidizo mentón.--Muy minuciosa, desde luego... Por ejemplo, para llamar el cuadro Punto rojo en el centro de un rectángulo blanco -dije mientras tecleaba-- hay que indicar que el píxel central es rojo y todos los demás son blancos.En medio de la pantalla apareció un solitario punto rojo, y el demonio dijo mirándome de soslayo:-En este caso la descripción es sencilla. Y para algunos cuadros de Klein, por ejemplo, no entraña mayor dificultad. Pero en otros casos...-La descripción es siempre igual de sencilla -lo-interrumpí-, sólo que más o menos larga. Como tú has dicho antes, un cuadro es un conjunto ordenado de puntos de color. Por lo tanto, no hay más que describir ordenadamente cada punto.»Este sencillo programa opera con 800x600 píxels, y para cada uno de ellos hay cinco opciones: blanco, negro y los tres colores primarios. No tienes más que describir cualquier cuadro detalladamente (es decir, indicando cuál de los cinco estados posibles corresponde a cada uno de los 480.000 píxels) para que aparezca en la pantalla.-Merdre -masculló el bibliotecario mientras su abdomen se hinchaba aparatosamente.-Y no sólo puedes llamar los cuadros que ya existen -proseguí--, sino todos los posibles; que por cierto, con este grado de definición (que no es perfecto pero sí muy aceptable para un catálogo), no son más que 5 elevado a la potencia 480.000.-Merdre -repitió el demonio mientras su cabeza se ahusaba como la capucha de un nazareno y sobre su hipertrofiada panza se desarrollaba una negra espiral.-Tenías razón -concluí-, no era una tarea infinita, después de todo.
La actíníca cabellera cayó impotente sobre los hombros del bibliotecario, y su manto de sombra se desplegó en un par de alas cenicientas. Parecía una versión abismal de la Melancolía de Durero.Alzó pesadamente el vuelo, y yo me agarré a sus faldones para subir al siguiente círculo, que, tal como me esperaba, era un pozo de unos sesenta metros de diámetro.-Este es el Cuarto Círculo, el de los avaros y los pródigos -dijo el demonio mientras sus alas se sublimaban y el oscuro vapor se posaba en el suelo para reconvertirse en sombra.-Sé de bastantes libros a los que no iría mal el adjetivo «pródigo», al menos en una de sus acepciones; pero el concepto de libro avaro no me resulta evidente -admití.-Pues a menudo los pródigos y los avaros son los mismos -dijo el bibliotecario reabsorbiendo su seudocabellera-. Pródigos en palabras, avaros en ideas: así son la mayoría de los libros actuales. La verborragia hueca o puramente repetitiva es el signo de la literatura contemporánea.»Pero la avaricia en un sentido menos metafórico, más literal y vicioso, tampoco es infrecuente en vuestra degradada cultura... Y el más claro equivalente cultural de la avaricia es el coleccionismo, una actividad que, pese a su prestigio (a menudo los coleccionistas de arte se confunden con los mecenas), es casi siempre tan mezquina y perversa como la acumulación de dinero.-Creo que generalizas en exceso -repliqué-. La filatelia, por ejemplo, siempre me ha parecido una manía un tanto enfermiza. Pero un coleccionista de cuadros...-Un coleccionista de cuadros -me cortó el demonio-- no es más que un filatélico megalómano con la vieja coartada del amor al arte. Sus estampillas son más grandes y vistosas, y las cuelga ostentosamente en las paredes en lugar de disponerlas en las páginas de un álbum; pero el espíritu de acumulación y acaparamiento es el mismo. El afán de poseer, causa de todos los males, la obcecada confusión entre tener y ser, es el motor del coleccionismo.»Pero puesto que la belleza no se deja poseer, sino sólo admirar en la escasa medida en que podéis soportarla y, desdeñosa, rehusa destruiros, el coleccionista se aferra a los fetiches de la belleza, sus meros soportes materiales, cuyo nulo valor intrínseco se intenta enmascarar con su precio exorbitante.-Si lo que llamas «meros soportes materiales» de la belleza son las obras de arte originales, como se desprende de tu discurso, no puedes decir que carezcan de valor intrínseco: es cierto que a menudo alcanzan precios desorbitados y que el mercado del arte es uno de los más abyectos; pero son objetos únicos e irrepetibles...-Eso era antes, en todo caso -replicó el bibliotecario-. Desde que existen medios de reproducción capaces de realizar copias indistinguibles del original, la obra de arte única e irrepetible es pura entelequia, mejor dicho, pura mixtificación. Del mismo modo que un poema es una secuencia de palabras, no la tinta que las plasma en el papel, un cuadro es un conjunto ordenado de puntos de color, no las partículas de pigmento pegadas al lienzo. Sólo que reproducir una secuencia de puntos de color, sin perder nada de la información que contiene, es mucho más difícil, técnicamente, que reproducir una cadena de letras; por eso el fetichismo del libro está mucho menos difundido y arraigado que el del cuadro.»Si ardieran las hojas en las que Cervantes escribió el Quijote, nadie lo vería como una tragedia para la literatura; pero si ocurriera algo parecido con la Gioconda, casi todos lo considerarían una pérdida irreparable. Y sin embargo, hay copias de la Gioconda que ni el ojo más experto podría distinguir del original. Y aunque todas ardieran a la vez, el alma del cuadro, su información digitalizada, permitiría reconstruirlo con absoluta exactitud cuantas veces se deseara, sin perder ni un ápice de su misteriosa belleza.»Llegará el día, si la humanidad progresa intelectual y (est)éticamente, en que los artistas tirarán o reciclarán sus originales del mismo modo que los escritores tiran o reciclan sus manuscritos una vez editados los libros.-En cualquier caso -dije tras unos segundos, para respetar su pausa enfática-, éste no es mi sitio. Nunca he coleccionado ni atesorado nada, y ni el libro de mi vida ni los que he escrito pecan de especialmente pródigos o avaros.-Eso es bastante cierto --reconoció el demonio-, Pero puesto que has logrado escapar (con rara astucia, debo admitirlo) del Quinto Círculo, tendré que retenerte aquí. Sales ganando, por cierro: este nivel está lleno, entre otras cosas, de bellísimos catálogos de arte.--No des por supuesto que voy a quedarme en este agujero. Tengo derecho a una prueba. Aunque supongo que no querrás que adivine un número imaginario -ironicé.-Ni ninguna otra cosa, evidentemente. Tu último truco es un algoritmo universal que, bajo la especie de la eternidad, acabaría resolviendo cualquier adivinanza, enigma o problema que admitiera una solución verbal.-¿Qué prueba tendré que superar, entonces?-Puesto que el afán de completitud envenena el espíritu de esos avaros blanqueados que son los coleccionistas, quiero que confecciones un catálogo completo de la pintura universal.-Es una tarea infinita -protesté.-Estás dando por supuesto que la producción de cuadros nunca tendrá fin. Ni la de hombres. Lo cual es de todo punto inverosímil. Lo más probable es que acabes tu tarea en unos cuantos milenios. Si la emprendes con diligencia y tesón, naturalmente.-¿De qué medios dispongo?El bibliotecario se sacó de la amplia bocamanga un ordenador portátil y me lo dio sin más comentarios. Acto seguido se convirtió en un enjambre de abejas, que se fueron volando en todas direcciones.Al cabo de un rato lo llamé, e inmediatamente las abejas confluyeron en su punto de partida y recompusieron al demonio.-¿Todavía no has iniciado tu tarea? -preguntó al ver que no me había movido del sitio.-Por el contrario, ya la he terminado. Aquí están -dije esgrimiendo el ordenador- todos los cuadros del mundo.-¿De veras? ¿Te importaría hacerme una demostración?-Será un placer... Verás, como hay muchos cuadros sin título y otros muchos con títulos coincidentes, he pensado que la forma más precisa e inequívoca de llamar cada obra es su descripción.-Tendrá que ser una descripción muy minuciosa, pues muchos cuadros se parecen en temática y tratamiento -comentó el bibliotecario acariciándose el huidizo mentón.--Muy minuciosa, desde luego... Por ejemplo, para llamar el cuadro Punto rojo en el centro de un rectángulo blanco -dije mientras tecleaba-- hay que indicar que el píxel central es rojo y todos los demás son blancos.En medio de la pantalla apareció un solitario punto rojo, y el demonio dijo mirándome de soslayo:-En este caso la descripción es sencilla. Y para algunos cuadros de Klein, por ejemplo, no entraña mayor dificultad. Pero en otros casos...-La descripción es siempre igual de sencilla -lo-interrumpí-, sólo que más o menos larga. Como tú has dicho antes, un cuadro es un conjunto ordenado de puntos de color. Por lo tanto, no hay más que describir ordenadamente cada punto.»Este sencillo programa opera con 800x600 píxels, y para cada uno de ellos hay cinco opciones: blanco, negro y los tres colores primarios. No tienes más que describir cualquier cuadro detalladamente (es decir, indicando cuál de los cinco estados posibles corresponde a cada uno de los 480.000 píxels) para que aparezca en la pantalla.-Merdre -masculló el bibliotecario mientras su abdomen se hinchaba aparatosamente.-Y no sólo puedes llamar los cuadros que ya existen -proseguí--, sino todos los posibles; que por cierto, con este grado de definición (que no es perfecto pero sí muy aceptable para un catálogo), no son más que 5 elevado a la potencia 480.000.-Merdre -repitió el demonio mientras su cabeza se ahusaba como la capucha de un nazareno y sobre su hipertrofiada panza se desarrollaba una negra espiral.-Tenías razón -concluí-, no era una tarea infinita, después de todo.



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