sábado, 6 de junio de 2009

El Libro Infierno ( CARLO FRABETTI ) - Parte 6

El Octavo Círculo
El bibliotecario inspiró profundamente.Tan profundamente que se hinchó hasta alcanzar unos cinco metros de diámetro. Me cogió de la mano y empezó a ascender como un globo, arrastrándome tras él.La boca del pozo se abría en el fondo de otro igualmente pro fundo y el doble de ancho, de unos veinte metros de diámetro, también repleto de libros. Aterrizamos suavemente en la corona circular que constituía la base del penúltimo nivel de la biblioteca, y el demonio me dijo mientras se desinflaba con un sordo siseo:-Estamos en el Octavo Círculo, el de los hipócritas, los falsarios, los ladrones y estafadores... Y en el mundo del libro hay una palabra que, aunque no los agota, a todos los concita: plagio.Este círculo me pareció más interesante, y me puse a curiosear entre los curvos anaqueles. Encontré a un par de directores de la Biblioteca Nacional, algún que otro académico, un Premio Nobel... Estuve husmeando un rato entre aquellos vampiros del alma sin ver nada que me llamara especialmente la atención, hasta que de pronto...-Siete voi qui, ser Guglielmo?-musité consternado, recordando el encuentro de Dante con Brunetto Latini en el Séptimo Círculo de su infierno. Pues allí estaba, para hacer más doloroso el mío, Just William.Acaricié con devoción la preciosa cubierta de Thomas Henry, desde la que Guillermo Brown, desgreñado y sonriente, me miraba con sus ojillos de iluminado precoz.Del hueco que había dejado el libro de Richmal Crompton al sacarlo de su lugar, brotaba un débil resplandor. Me acerqué y vi que detrás había otro libro, envuelto en una luz fantasmal.-¿Tantos plagios hay que tienes que ponerlos en doble fila? --le pregunté al bibliotecario.-Hay muchos, desde luego, pero aquí abajo no tenemos problemas de espacio. Los libros que hay detrás son los que han sido saqueados por el plagiario -me explicó mientras introducía la nariz (alargada hasta convertirse en una flexible probóscide) en el hueco y extraía el libro en cuestión: Penrod and Sam, del injustamente olvidado (también por mí, debo admitirlo) Booth Tarkington.-No es un plagio -protesté-. En mi adolescencia leí el libro de Tarkington en castellano (con el absurdo título De la piel del diablo) y recuerdo vagamente algunas coincidencias, pero...-¿Algunas coincidencias? -me interrumpió el bibliotecario con una mueca sardónica-. Pues sí, hay algunas coincidencias. Por ejemplo, Penrod tiene tres amigos con los que se reúne en un cobertizo; constituyen una especie de banda, ¿y a que no sabes lo que beben en sus reuniones secretas?-¿Agua de regaliz? -farfullé compungido.-¿Cómo lo has adivinado? -ironizó el bibliotecario, disfrutando de su papel de torturador infernal-. Pues sí, Penrod y sus proscritos beben agua de regaliz, incordian a los granjeros del vecindario y pelean con los Hubertitos Lañe del Medio Oeste norteamericano. Por si esto fuera poco, Penrod tiene un perro física y psicológicamente idéntico al Jumble de Guillermo, y una hermana mayor muy atractiva a cuyos pretendientes se dedica a espantar con empeño digno de mejor causa... Prácticamente todos los elementos significativos del mundo de Guillermo Brown tienen su equivalente (su modelo) en el mundo de Penrod. En cuanto al estilo...-¿No me irás a decir que Richmal Crompton también imitaba la forma de escribir de Tarkington?-No voy a decírtelo: voy a (de)mostrártelo -replicó el demonio. Abrió, aparentemente al azar, el libro que tenía en la nariz y empezó a leer en voz alta-: «Con las manos en los bolsillos y alzando el radiante rostro hacía el cielo de junio, Penrod bajaba por la calle gritando desaforadamente y granjeándose el odio más profundo de cuantos le oían... Había llegado al fin de su excursión, a saber, una casa de empeños donde se hallaba su más anhelado tesoro, que consistía en un acordeón..., una ruina hermosa en su deterioro y fuera del sacrílego alcance del restaurador. Pero aún podía desgranar sonidos, sonidos raros, fuertes, apremiantes, que se oían en un considerable trecho a la redonda, y tenía un timbre terneril que se había metido en el corazón de Penrod...». ¿Sigo?-No es necesario. Parece un libro de Guillermo -admití.-Querrás decir que los libros de Guillermo parecen de Tarkington -me corrigió el bibliotecario-. La misma ironía falsamente ingenua, la misma adjetivación desmesurada, el mismo uso de la hipérbole y la lítote...-Tal vez Richmal Crompton leyera de niña las aventuras de Penrod, y luego, inconscientemente... -empecé a decir.-Por desgracia, la cronología no apoya tu piadosa hipótesis -me interrumpió el demonio-. Las aventuras de Penrod empezaron a publicarse en 1914, cuando Richmal Crompton (1890-1969) ya no era tan niña. Y en 1919 apareció Rice-Mould, el primer relato de Guillermo. Tu amiguita no tuvo tiempo de olvidarse de Penrod; aunque sí de decidir no recordarlo, si hay que creer a Mary Cadogan, su biógrafa oficial.-¿Podrías ser más explícito?-No deseo otra cosa: en su libro Richmal Crompton (The Woman Behind William), Cadogan, tras admitir que existen «ciertas semejanzas» entre Guillermo y Penrod, dice textualmente: «Richmal, sin embargo, no recuerda haber leído nunca los relatos de Tarkington». Ahora ya sabes de qué pie cojeaba tu amada cojita -concluyó, maligno, el maligno.-No tengo por qué estar aquí -le dije tras una pausa sombría-, de modo que te agradeceré que me lleves al siguiente círculo.-Hay cosas muy interesantes en esta cloaca de la ambición y la miseria humanas. No deberías tener tanta prisa por marcharte.-El interés no está en las cosas, sino en la mirada del que las contempla-repliqué con fastidio-. No dudo de que las cloacas sean interesantes para ti, pero para mí han dejado de serlo.-Touché-dijo el demonio con una risita eunucoide-. Pero ¿estás seguro de que no tienes por qué estar aquí?--Lo estoy.--Debería llevarte directamente al círculo de los soberbios, si lo hubiere. ¿Crees acaso que tú no bebes de otras fuentes?-Por supuesto. Lo hago sin cesar, ya que no hay más fuentes que las otras. Pero siempre he puesto especial cuidado en citarlas.-En términos generales y comparativos, eso es bastante cierto -admitió el demonio-; pero ya sabes que el justo cae siete veces al día. Sobre todo en un terreno tan resbaladizo como éste. Y tú te mueves a menudo en la borrosa frontera que separa (o los une) el plagio del «homenaje» -añadió marcando las comillas con un movimiento de las orejas.-¿A qué te refieres?-Por ejemplo, en tu primer libro de poemas...-Eso fue hace mucho tiempo -lo interrumpí-. Ese pecado de juventud ya lo he purgado con creces. Ponme un ejemplo actual.-La actualidad, que en el mundo real sólo dura una décima de segundo (el tiempo de persistencia de la imagen en la retina y de las configuraciones neuronales), en la literatura no existe en absoluto. La escritura es pasado, por definición. Pero puedo ponerte un ejemplo futuro...--No creo que el futuro esté predeterminado. De estarlo, no habría libre albedrío y, por tanto, el infierno y tú no tendríais razón de ser.-No he dicho que el futuro esté predeterminado.-Si no lo está, no puedes ponerme un ejemplo de lo que aún no he escrito.-No puedo ponerte un ejemplo seguro -puntualizó el bibliotecario-, pero sí uno probable.-No creo que tengas ni la más remota idea de lo que podría escribir yo en el futuro.-Sí lograras salir de aquí, ¿no escribirías sobre tu descenso a la biblioteca?-Supongo que sí -tuve que admitir.-Y puesto que la biblioteca tiene nueve niveles, que se corresponden claramente con los del infierno de Dante, ¿no darías constancia de este curioso paralelismo mediante alguna alusión a la Divina Comedia?-Probablemente.-Y puesto que tu forma habitual de citar las fuentes es el «homenaje» -prosiguió el demonio orejeando de nuevo-, y puesto que sientes una debilidad un tanto pueril por los endecasílabos y la rima consonante, ¿no es probable que introdujeras en tu hipotético libro sobre la Biblioteca Infierno unos cuantos tercetos inspirados en los de Dante?--Es posible.-Es probable -me corrigió el bibliotecario-. Muy probable. Unos tercetos como éstos:
Nel mezzo del carnmin di nostra vitami ritrovai per una selva oscuradi libri invece d'alberi, infinita...
-Demasiado imitativo -lo interrumpí-, y poco revelador... Conservaría el primer verso para que el homenaje {sin comillas) fuera inequívoco; pero enseguida introduciría el término «biblioteca» como sustituto y equivalente topológico de «selva». Y trataría de decir ya en el primer terceto que lo que antes fuera un lugar tranquilo y protector...--¿Una guarida? -sugirió el demonio.-O un jardín por el que pasear sin prisa ni temor, un hortus conclusus... se convirtió de pronto en un lugar oscuro y vertiginoso, a la vez inmenso y claustrofóbico...-¿Un abismo?-Sí. Yo escribiría algo así como:

Nel mezzo del cammin di nostra vitami trovai in una scura biblioteca,e fu abisso la tana d´eremita...
-Bien --palmoteó el demonio-, ahí tienes tu ejemplo futuro {que, por cierto, no es mejor que el mío, que consigue un máximo de intensidad con una mínima alteración del original).-Si vuelvo a tener ocasión y ganas de escribir, es posible, incluso probable, que escriba un terceto parecido a ése, tal vez ese mismo -admití.-Ya lo has escrito y editado -dijo el bibliotecario tocándome la frente con su puntiagudo meñique-. Tus neuronas han reconocido en ese terceto el (a)nuncio, el núcleo de condensación, el catalizador, la semilla de un libro probable, casi seguro, y se han abalanzado sobre él como las bacantes sobre Orfeo: para despedazarlo ritualmente, desmenuzarlo, devorarlo, digerirlo, extraerle las más oscuras resonancias e implicaciones... Cientos, miles de copias de ese terceto y de sus variantes y vacilaciones circulan ahora mismo por tu corteza cerebral en busca de terrenos fértiles donde florecer y fructificar, donde mutar e hibridarse... Ya lo has escrito. Pasarlo al papel será una mera epifanía, la noticia de una resurrección. Puro trámite.-En cualquier caso -dije tras una pausa-, la tuya es una predicción amañada: es probable que escriba ese terceto (o ya lo he escrito, según se mire) precisamente porque hemos tenido esta conversación.-Amañada no, concienzuda -replicó el demonio-. En mi predicción también he predicho la predicción misma y su efecto autodesencadenante.-De acuerdo. Pero, sea como fuere, reconocerás que mi futuro terceto (o ya pasado, según se mire) es un claro ejemplo de homenaje (sin comillas).-Habrá que esperar a ver el libro que saldrá de él. A veces un homenaje evidente intenta servir de salvoconducto a un plagio sutil -comentó el bibliotecario-. Pero admito que tu actual grado de punibilidad por plagio es bajo. Y, por tanto, podrás salir de aquí sin más que superar una prueba casi tan sencilla como la anterior. Voy a pensar un número entero...-¿Otra vez? -lo interrumpí.-Antes he pensado un número natural, es decir, entero y positivo. Ahora también puede ser negativo.-Con lo que la serie no sólo no tiene fin, sino tampoco principio. No puedo empezar por el primero e ir diciendo los números por orden...-Así es. Hemos pasado de la eviternidad humana a la eternidad divina... Ya he pensado el número.-De la eviternidad a la eternidad... -repetí saboreando las palabras-. La eternidad es el tiempo eviterno, unidireccional, ante el espejo de la nada. Los números enteros son los naturales ante el espejo del cero. Por lo tanto, puedo recorrerlos de forma ordenada y exhaustiva, a partir de su centro virtual, sin más que ir alternativamente de un lado del espejo al otro: uno, menos uno, dos, menos dos, tres, menos tres...-Sabía que superarías la prueba sin dificultad -sonrió el demonio--. Eres tan previsible...

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