El Libro Infierno ( CARLO FRABETTI ) - Parte 7
El Séptimo Círculo
Las orejas del bibliotecario crecieron desmesuradamente. Como aún tenía la probóscide que había emitido para extraer los libros de la segunda fila, parecía Dumbo visto por El Bosco.Alzó el vuelo agitando sus orejotas correosas como alas de pterodáctilo, me agarró por la cintura con su largo rabo retráctil y me llevó al siguiente círculo, cuya base era, de nuevo, una corona circular que rodeaba la boca del pozo que acabábamos de dejar atrás.El Séptimo Círculo tenía unos treinta metros de diámetro y, como los anteriores, más de cien de altura.-Debe de contener tantos libros como los otros dos juntos -estimé.-Sin contar las víctimas de los plagiarios, que sólo están en el Octavo Círculo en calidad de testigos, así es, puesto que el diámetro de este pozo es la suma de los del último y el penúltimo, y la altura es la misma. Tienes buen ojo para los libros -comentó el demonio reabsorbiendo su probóscide--. Cuantitativamente hablando, al menos.-Y cualitativamente también.-Tienes suerte de que no haya un círculo para los soberbios -rió el bibliotecario-. De haberlo, te costaría salir de el.-¿Y cómo es que no lo hay? ¿No es la soberbia el primero y mayor de los pecados capitales?-Precisamente por eso. Es el pecado satánico. Hibris. El pecado de los héroes. Yo mismo lo represento, y ni todos los libros soberbios del mundo juntos (pese a que son la mayoría) lo harían mejor -proclamó con metaorgullo.-Y Dante debía de saberlo, puesto que en su infierno tampoco hay un círculo para los soberbios, ni siquiera un girone; apenas una breve alusión a Capaneo, en la que identifica la blasfemia con la soberbia...--Claro que lo sabía. El también estuvo aquí.-Pues vio cosas bastante distintas. Su infierno era más divertido.-Su mirada era distinta. Y su infierno te parece divertido porque lo contemplas desde una enorme distancia, y con una enorme suficiencia. Él creía en la eterna condenación de Paolo y Francesca. Tú, en su lugar, te habrías desmayado antes de cruzar la puerta.-Nada más leer el segundo verso de la inscripción -admití. Lo de que su infierno era divertido ha sido una boutade. Deberías haberte dado cuenta, puesto que soy tan previsible.-Por supuesto que me he dado cuenta. Eres tú el que no se ha dado cuenta de que mi reproche era puramente retórico.-Acabas de decir que Dante creía en la eterna condenación de Paolo y Francesca... -comenté tras una pausa.-O al menos creía creer en ello. ¿Acaso te sorprende?-No, en absoluto. Pero lo has dicho como para recalcar la diferencia entre su situación y la mía.-Así es. Tú no crees en la condenación eterna.-¿Cómo lo sabes?-Sé algunas cosas sobre ti.-Pero, de hecho, estoy aquí, y no sólo no sé por qué ni para qué, sino tampoco por cuánto tiempo.-La incertidumbre forma parte de la pena. En cualquier caso, tú no crees en la condenación eterna--repitió el demonio con una oscura sonrisa--. Estás seguro de que, de una forma u otra, acabarás saliendo de aquí.-Puesto que me conoces tan bien -ironicé-, deberías saber que la palabra «seguro» no figura en mi diccionario. Así que, dime, ¿es eterna esta absurda situación?-Si te dijera que sí, no me creerías.-No -admití-. Pero si me dijeras que no, me sentiría más tranquilo.-Spiacente, pero no estás aquí para sentirte tranquilo -replicó el bibliotecario con afectada compunción-. Te repito que la incertidumbre forma parte de la pena.-O tal vez sea en sí misma la pena -conjeturé intentando leer la respuesta en sus ojillos melancólicos.Sin más comentarios, el demonio reabsorbió sus alas auriculares y me invitó con un gesto a visitar el Séptimo Círculo.Era el círculo de los violentos, y no me sorprendió ver en sus anaqueles clásicos como el Malleus maleficorum, Der Judenstaat o Mein Kampf, en la sangrienta compañía de tauromaquias, libros de caza, códigos penales... Tampoco me extrañó encontrar allí, aunque su violencia no fuera tan aparente, Capitalismo y libertad, de Milton Friedman, y otras apologías del neoliberalismo. Pero me llamó la atención que los cuentos de Andersen compartieran estanterías con aquellas manifestaciones de la ferocidad humana.-¿Qué hacen aquí el emperador desnudo y la princesa del guisante? -pregunté mientras hojeaba el libro en cuestión, ilustrado con las minuciosas fantasmagorías de Arthur Rackham.-No has mirado bien -replicó el bibliotecario-, pues precisamente esos dos cuentos no están ahí. Pero no te dejes engañar por sus ocasionales rasgos de humor: Andersen era un amargado, un sadomasoquista religioso que torturaba a los niños con sus historias sensibleras y mortecinas. Exacerbó hasta lo patológico la tendencia moralizante y conformista que suele viciar las adaptaciones de los cuentos tradicionales destinadas a los infantes, consumando la manipulación ideológica iniciada por Perrault. Andersen transmitió su enfermizo sentido de la resignación cristiana y su profundo rechazo de lo terrenal y lo vital a sus lacrimógenos relatos, que invitan a pasar directamente del presunto paraíso de la infancia al ilusorio paraíso del más allá, con total desprecio de la vida adulta y responsable (la verdadera vida) que hay en medio. Escucha esto... -dijo cogiendo el libro de mis manos; buscó una página y leyó con voz seca y crujiente como una llama-: «De pronto el niño más pequeño lo cogió y lo tiró a la chimenea sin dar la menor explicación de tan extraña conducta... El soldado de plomo sentía un fuego abrasador, aunque no sabía si era el de la chimenea o el de su amor... Miraba a la damisela y ella le correspondía. Se sentía derretir, pero se mantenía firme con el fusil al hombro. Y de súbito se abrió una puerta y una ráfaga arrastró a la bailarina, que, volando como una sílfide, fue a parar a la chimenea, donde quedó al momento envuelta en llamas junto al soldado. Éste se acabó de derretir, y cuando al día siguiente la criada limpió de ceniza el hogar, lo encontró en forma de un pequeño corazón de plomo. De la bailarina sólo quedaban las lentejuelas...».-Basta -lo interrumpí con los ojos cargados de viejas lágrimas-. No sigas.-No podría seguir aunque quisiera -dijo el bibliotecario pasando las páginas-. Es el apoteósico final de El soldadito de plomo. Y los tiene mejores, por cierto. Escucha: «En la gélida madrugada encontraron a la niña sentada aún en el rincón de la calle, con las mejillas amoratadas y los labios entreabiertos en una sonrisa, muerta de frío durante la Nochebuena. El sol de Navidad se apresuró a amortajarla con sus primeros rayos. La niña estaba rígida, y guardaba aún en su delantal el paquete de cerillas...».Mientras leía, el demonio encendió una cerilla frotándola contra uno de sus breves cuernos. Y a la luz del fósforo diabólico me vi a mí mismo leyendo de niño el cuento de la pequeña cerillera. En el cuento había una ilustración en la que se veía a la niña encendiendo una cerilla, a cuya luz se veía al demonio encendiendo una cerilla, a cuya luz...Caí en un vértigo retrospectivo de tristeza sin fondo, en un círculo vicioso de autoconmiseración asistida. Recordé cada una de mis lágrimas infantiles como capítulos de una derrota incalculable. No fui capaz siquiera de protestar.Antes de devolver a su sitio los cuentos de Andersen, el bibliotecario extrajo del correspondiente hueco un libro que había en segunda fila.-¿Plagió Andersen sus cuentos? -pregunté con asombro.-No. Ya no estamos en el Octavo Círculo -me recordó el demonio-. Aquí los libros que hay en segunda fila, medio víctimas medio cómplices de sus antecesores, pertenecen a la paradójica raza de los epígonos, en los que la humildad a menudo se (con)funde con la arrogancia.El libro que sujetaba su resurgida probóscide era El pequeño príncipe.-Yo diría que es un libro blandengue y nostálgico -comenté--pero no violento.-¿No es un acto de violencia administrar un veneno? -preguntó retóricamente el demonio enarcando las cejas.--Sí, pero...-La nostalgia es tóxica, y sólo en muy pequeñas dosis resulta tolerable. En dosis altas provoca drásticas diarreas mentales, especialmente nocivas para los niños, cuyas esponjosas almas se deshidratan con más facilidad.»En cuanto a la blandura de El pequeño príncipe, es la del caracol sin concha: el autor desparrama sus vísceras sin el imprescindible complemento del esqueleto, que es a la vez sostén y armazón estructurante; le tiende al lector un espejo roto que le devuelve su imagen despedazada. Y el lector infantil no está en condiciones de recomponerla.»El pequeño príncipe, al igual que muchos relatos de-Andersen, es un anticuento, en el sentido de que, en vez de invitar al niño a superar esa etapa de inevitable indefensión e incompletitud que es la infancia, a aventurarse en el mundo adulto (a crecer, en una palabra), lo que hace es inducir al inmovilismo o a la regresión, con su visión nostálgica y mitificadora de una infancia supuestamente edénica, pura e incontaminada... Escucha: "Las personas mayores nunca entienden nada por sí solas, y es fatigoso, para los niños, tener que explicárselo siempre todo... A las personas mayores les gustan las cifras... Pero, por supuesto, los que comprendemos la vida nos reímos de los números". Estos patéticos alardes de puerilidad vertebran toda la narración; algunos, tomados aisladamente, pueden parecer irónicos, pero el relato completo, a pesar de su ambigüedad, resulta inequívoco, al menos en este sentido.»No es casual, por cierto, el anaritmetismo militante del autor, su reiterado ataque (típicamente pueril) a los números, los cómputos y las mediciones, puesto que el pensamiento cuantitativo supone la madurez de la razón, y no sólo a nivel individual, sino en la evolución misma de la humanidad. La ciencia propiamente dicha empieza cuando Galileo proclama que el libro del universo está escrito en el lenguaje de la matemática y lanza su consigna fundacional: "Hay que medir todo lo que es medible y hacer medible lo que no lo es". Saint-Exupéry, aviador apasionado, parece olvidarse, en su delirio regresivo, en su patético ataque de aritmofobia, de que si puede volar es gracias a los números y las mediciones precisas.»El pequeño príncipe vive en un diminuto asteroide, clara metáfora del restringido y egocéntrico mundo infantil. Llega a la Tierra en busca de amigos, y encuentra al menos uno: el propio narrador (dos, si contamos al zorro); pero regresa a su isla celeste, a cuidar de su engreída rosa, para lo cual se suicida (literal y simbólicamente) haciéndose picar por una serpiente. Da la espalda al mundo de los otros, que acaba de descubrir, y vuelve a su involutiva torre de marfil, a su relación masoquista con su tiránica flor, a su neurótico rechazo de lo adulto... No olvides que El pequeño príncipe es el testamento de un hombre que corría (volaba, mejor dicho) hacia la muerte.-¿Tienes algo contra los suicidas?-En principio, nada. Pero no tiene sentido traer niños al mundo para invitarlos a morir (o lo que es lo mismo, a no vivir) antes de que se enteren de lo que es la vida. Es absurdo, por tanto, darles empalagosas golosinas envenenadas con la hiel de la desesperación. La amargura {una desequilibrada mezcla de nostalgia y blandenguería) es un veneno de acción lenta e imprevisible, cuyos efectos deletéreos pueden manifestarse años después de su ingestión... La pequeña cerillera, el pequeño príncipe... Dejad al menos que conozcan la pequeña muerte antes de buscar consuelo en el regazo de la grande... Dejad que los niños se acerquen a mí -concluyó el demonio abriendo ecuménicamente los brazos.-Y a mí déjame acercarme al siguiente círculo.-;Tan pronto? Hay tantas cosas que ver aquí...-Primero los naturales, luego los enteros... -dije ignorando su objeción-. Ahora querrás que adivine un número racional.-No soy tan previsible como tú -replicó el bibliotecario con afectada displicencia-. Pero no andas del todo desencaminado... Quiero que adivines dos números naturales...-Supongo que se trata de una trivialidad irónica -lo interrumpí-; o despectiva, tal vez. Para adivinar dos números naturales, no tengo más que aplicar dos veces consecutivas la estrategia seguida en la primera prueba.-Si me dejaras terminar las frases, tal vez llegaras a conclusiones menos simplistas --me reprendió el demonio con cara de resignación-. Quiero que adivines dos números a la vez. Yo pensaré una pareja de números naturales, y tú tendrás que adivinar de qué pareja se trata, no cada número por separado. Si yo pienso, por ejemplo, 18 y 37, y tú dices «18 y 42», no has superado media prueba: es como si no hubieras dicho nada. Tienes que decir dos y sólo dos números en cada intento, y han de coincidir con los dos que yo haya pensado.-¿En el mismo orden?-El orden no importa... por ahora.-Esta prueba no es tan sencilla como las anteriores -comenté tras una pausa.-Tampoco es el mismo tu grado de pertenencia (o pertinencia) con respecto a este círculo. No son pocos tus escritos violentos: sátiras, epigramas, panfletos, soflamas...--La soflama es eminentemente oral -protesté-, y yo nunca he practicado la violencia oral salvo en sus formas más leves e inofensivas.-En ese caso, puedes resolver la prueba por escrito -dijo el demonio sacándose de la manga papel, pluma y tintero. Escupió en el tintero para llenarlo de negra tinta y me entregó el recado de escribir-. Ya he pensado los dos números.La forma más lógica de proceder ordenadamente parecía emparejar primero el 1 con los demás números, luego el 2, y así sucesivamente; pero de esta manera me enfrentaba a infinitas series infinitas: un infinito al cuadrado.
1-1 1-2 1-3 1-4...2-1 2-2 2-3 2-4...3-1 3-2 3-3 3-4...4-1 4-2 4-3 4-4...
El bibliotecario miró por encima de mi hombro las parejas de números que yo había dispuesto sobre el papel en filas y columnas, y ladeó cómicamente la cabeza hacía la izquierda. Sin saber muy bien por qué, imité su gesto, con lo que el vértice superior izquierdo de mi cuadrado infinitamente infinito se convirtió en la cima de una montaña de números, y comprobé, en el sentido más litera! de la expresión, la conveniencia de abordar un problema desde diversos ángulos. Pues la perspectiva oblicua me reveló que no tenía más que descender por la ladera de la montaña para recorrer de forma ordenada y exhaustiva todas las parejas posibles.-Uno y uno, uno y dos, uno y tres, dos y dos, uno y cuatro... -empecé a recitar.-¿Cuál es el criterio? -me interrumpió el demonio.-Enumero las parejas por orden creciente según la suma de sus miembros: primero 1-1, cuyos miembros suman 2, luego 1-2 (suma 3), luego 1-3 y 2-2 {suma 4)...-Me temo que te he dado una pista al ladear la cabeza -comentó el bibliotecario con una risita.-Aprovechando que no hay un círculo de los soberbios, te diré que habría superado la prueba de todos modos.-Ya lo sé. De lo contrario, no te habría dado la pista.
Las orejas del bibliotecario crecieron desmesuradamente. Como aún tenía la probóscide que había emitido para extraer los libros de la segunda fila, parecía Dumbo visto por El Bosco.Alzó el vuelo agitando sus orejotas correosas como alas de pterodáctilo, me agarró por la cintura con su largo rabo retráctil y me llevó al siguiente círculo, cuya base era, de nuevo, una corona circular que rodeaba la boca del pozo que acabábamos de dejar atrás.El Séptimo Círculo tenía unos treinta metros de diámetro y, como los anteriores, más de cien de altura.-Debe de contener tantos libros como los otros dos juntos -estimé.-Sin contar las víctimas de los plagiarios, que sólo están en el Octavo Círculo en calidad de testigos, así es, puesto que el diámetro de este pozo es la suma de los del último y el penúltimo, y la altura es la misma. Tienes buen ojo para los libros -comentó el demonio reabsorbiendo su probóscide--. Cuantitativamente hablando, al menos.-Y cualitativamente también.-Tienes suerte de que no haya un círculo para los soberbios -rió el bibliotecario-. De haberlo, te costaría salir de el.-¿Y cómo es que no lo hay? ¿No es la soberbia el primero y mayor de los pecados capitales?-Precisamente por eso. Es el pecado satánico. Hibris. El pecado de los héroes. Yo mismo lo represento, y ni todos los libros soberbios del mundo juntos (pese a que son la mayoría) lo harían mejor -proclamó con metaorgullo.-Y Dante debía de saberlo, puesto que en su infierno tampoco hay un círculo para los soberbios, ni siquiera un girone; apenas una breve alusión a Capaneo, en la que identifica la blasfemia con la soberbia...--Claro que lo sabía. El también estuvo aquí.-Pues vio cosas bastante distintas. Su infierno era más divertido.-Su mirada era distinta. Y su infierno te parece divertido porque lo contemplas desde una enorme distancia, y con una enorme suficiencia. Él creía en la eterna condenación de Paolo y Francesca. Tú, en su lugar, te habrías desmayado antes de cruzar la puerta.-Nada más leer el segundo verso de la inscripción -admití. Lo de que su infierno era divertido ha sido una boutade. Deberías haberte dado cuenta, puesto que soy tan previsible.-Por supuesto que me he dado cuenta. Eres tú el que no se ha dado cuenta de que mi reproche era puramente retórico.-Acabas de decir que Dante creía en la eterna condenación de Paolo y Francesca... -comenté tras una pausa.-O al menos creía creer en ello. ¿Acaso te sorprende?-No, en absoluto. Pero lo has dicho como para recalcar la diferencia entre su situación y la mía.-Así es. Tú no crees en la condenación eterna.-¿Cómo lo sabes?-Sé algunas cosas sobre ti.-Pero, de hecho, estoy aquí, y no sólo no sé por qué ni para qué, sino tampoco por cuánto tiempo.-La incertidumbre forma parte de la pena. En cualquier caso, tú no crees en la condenación eterna--repitió el demonio con una oscura sonrisa--. Estás seguro de que, de una forma u otra, acabarás saliendo de aquí.-Puesto que me conoces tan bien -ironicé-, deberías saber que la palabra «seguro» no figura en mi diccionario. Así que, dime, ¿es eterna esta absurda situación?-Si te dijera que sí, no me creerías.-No -admití-. Pero si me dijeras que no, me sentiría más tranquilo.-Spiacente, pero no estás aquí para sentirte tranquilo -replicó el bibliotecario con afectada compunción-. Te repito que la incertidumbre forma parte de la pena.-O tal vez sea en sí misma la pena -conjeturé intentando leer la respuesta en sus ojillos melancólicos.Sin más comentarios, el demonio reabsorbió sus alas auriculares y me invitó con un gesto a visitar el Séptimo Círculo.Era el círculo de los violentos, y no me sorprendió ver en sus anaqueles clásicos como el Malleus maleficorum, Der Judenstaat o Mein Kampf, en la sangrienta compañía de tauromaquias, libros de caza, códigos penales... Tampoco me extrañó encontrar allí, aunque su violencia no fuera tan aparente, Capitalismo y libertad, de Milton Friedman, y otras apologías del neoliberalismo. Pero me llamó la atención que los cuentos de Andersen compartieran estanterías con aquellas manifestaciones de la ferocidad humana.-¿Qué hacen aquí el emperador desnudo y la princesa del guisante? -pregunté mientras hojeaba el libro en cuestión, ilustrado con las minuciosas fantasmagorías de Arthur Rackham.-No has mirado bien -replicó el bibliotecario-, pues precisamente esos dos cuentos no están ahí. Pero no te dejes engañar por sus ocasionales rasgos de humor: Andersen era un amargado, un sadomasoquista religioso que torturaba a los niños con sus historias sensibleras y mortecinas. Exacerbó hasta lo patológico la tendencia moralizante y conformista que suele viciar las adaptaciones de los cuentos tradicionales destinadas a los infantes, consumando la manipulación ideológica iniciada por Perrault. Andersen transmitió su enfermizo sentido de la resignación cristiana y su profundo rechazo de lo terrenal y lo vital a sus lacrimógenos relatos, que invitan a pasar directamente del presunto paraíso de la infancia al ilusorio paraíso del más allá, con total desprecio de la vida adulta y responsable (la verdadera vida) que hay en medio. Escucha esto... -dijo cogiendo el libro de mis manos; buscó una página y leyó con voz seca y crujiente como una llama-: «De pronto el niño más pequeño lo cogió y lo tiró a la chimenea sin dar la menor explicación de tan extraña conducta... El soldado de plomo sentía un fuego abrasador, aunque no sabía si era el de la chimenea o el de su amor... Miraba a la damisela y ella le correspondía. Se sentía derretir, pero se mantenía firme con el fusil al hombro. Y de súbito se abrió una puerta y una ráfaga arrastró a la bailarina, que, volando como una sílfide, fue a parar a la chimenea, donde quedó al momento envuelta en llamas junto al soldado. Éste se acabó de derretir, y cuando al día siguiente la criada limpió de ceniza el hogar, lo encontró en forma de un pequeño corazón de plomo. De la bailarina sólo quedaban las lentejuelas...».-Basta -lo interrumpí con los ojos cargados de viejas lágrimas-. No sigas.-No podría seguir aunque quisiera -dijo el bibliotecario pasando las páginas-. Es el apoteósico final de El soldadito de plomo. Y los tiene mejores, por cierto. Escucha: «En la gélida madrugada encontraron a la niña sentada aún en el rincón de la calle, con las mejillas amoratadas y los labios entreabiertos en una sonrisa, muerta de frío durante la Nochebuena. El sol de Navidad se apresuró a amortajarla con sus primeros rayos. La niña estaba rígida, y guardaba aún en su delantal el paquete de cerillas...».Mientras leía, el demonio encendió una cerilla frotándola contra uno de sus breves cuernos. Y a la luz del fósforo diabólico me vi a mí mismo leyendo de niño el cuento de la pequeña cerillera. En el cuento había una ilustración en la que se veía a la niña encendiendo una cerilla, a cuya luz se veía al demonio encendiendo una cerilla, a cuya luz...Caí en un vértigo retrospectivo de tristeza sin fondo, en un círculo vicioso de autoconmiseración asistida. Recordé cada una de mis lágrimas infantiles como capítulos de una derrota incalculable. No fui capaz siquiera de protestar.Antes de devolver a su sitio los cuentos de Andersen, el bibliotecario extrajo del correspondiente hueco un libro que había en segunda fila.-¿Plagió Andersen sus cuentos? -pregunté con asombro.-No. Ya no estamos en el Octavo Círculo -me recordó el demonio-. Aquí los libros que hay en segunda fila, medio víctimas medio cómplices de sus antecesores, pertenecen a la paradójica raza de los epígonos, en los que la humildad a menudo se (con)funde con la arrogancia.El libro que sujetaba su resurgida probóscide era El pequeño príncipe.-Yo diría que es un libro blandengue y nostálgico -comenté--pero no violento.-¿No es un acto de violencia administrar un veneno? -preguntó retóricamente el demonio enarcando las cejas.--Sí, pero...-La nostalgia es tóxica, y sólo en muy pequeñas dosis resulta tolerable. En dosis altas provoca drásticas diarreas mentales, especialmente nocivas para los niños, cuyas esponjosas almas se deshidratan con más facilidad.»En cuanto a la blandura de El pequeño príncipe, es la del caracol sin concha: el autor desparrama sus vísceras sin el imprescindible complemento del esqueleto, que es a la vez sostén y armazón estructurante; le tiende al lector un espejo roto que le devuelve su imagen despedazada. Y el lector infantil no está en condiciones de recomponerla.»El pequeño príncipe, al igual que muchos relatos de-Andersen, es un anticuento, en el sentido de que, en vez de invitar al niño a superar esa etapa de inevitable indefensión e incompletitud que es la infancia, a aventurarse en el mundo adulto (a crecer, en una palabra), lo que hace es inducir al inmovilismo o a la regresión, con su visión nostálgica y mitificadora de una infancia supuestamente edénica, pura e incontaminada... Escucha: "Las personas mayores nunca entienden nada por sí solas, y es fatigoso, para los niños, tener que explicárselo siempre todo... A las personas mayores les gustan las cifras... Pero, por supuesto, los que comprendemos la vida nos reímos de los números". Estos patéticos alardes de puerilidad vertebran toda la narración; algunos, tomados aisladamente, pueden parecer irónicos, pero el relato completo, a pesar de su ambigüedad, resulta inequívoco, al menos en este sentido.»No es casual, por cierto, el anaritmetismo militante del autor, su reiterado ataque (típicamente pueril) a los números, los cómputos y las mediciones, puesto que el pensamiento cuantitativo supone la madurez de la razón, y no sólo a nivel individual, sino en la evolución misma de la humanidad. La ciencia propiamente dicha empieza cuando Galileo proclama que el libro del universo está escrito en el lenguaje de la matemática y lanza su consigna fundacional: "Hay que medir todo lo que es medible y hacer medible lo que no lo es". Saint-Exupéry, aviador apasionado, parece olvidarse, en su delirio regresivo, en su patético ataque de aritmofobia, de que si puede volar es gracias a los números y las mediciones precisas.»El pequeño príncipe vive en un diminuto asteroide, clara metáfora del restringido y egocéntrico mundo infantil. Llega a la Tierra en busca de amigos, y encuentra al menos uno: el propio narrador (dos, si contamos al zorro); pero regresa a su isla celeste, a cuidar de su engreída rosa, para lo cual se suicida (literal y simbólicamente) haciéndose picar por una serpiente. Da la espalda al mundo de los otros, que acaba de descubrir, y vuelve a su involutiva torre de marfil, a su relación masoquista con su tiránica flor, a su neurótico rechazo de lo adulto... No olvides que El pequeño príncipe es el testamento de un hombre que corría (volaba, mejor dicho) hacia la muerte.-¿Tienes algo contra los suicidas?-En principio, nada. Pero no tiene sentido traer niños al mundo para invitarlos a morir (o lo que es lo mismo, a no vivir) antes de que se enteren de lo que es la vida. Es absurdo, por tanto, darles empalagosas golosinas envenenadas con la hiel de la desesperación. La amargura {una desequilibrada mezcla de nostalgia y blandenguería) es un veneno de acción lenta e imprevisible, cuyos efectos deletéreos pueden manifestarse años después de su ingestión... La pequeña cerillera, el pequeño príncipe... Dejad al menos que conozcan la pequeña muerte antes de buscar consuelo en el regazo de la grande... Dejad que los niños se acerquen a mí -concluyó el demonio abriendo ecuménicamente los brazos.-Y a mí déjame acercarme al siguiente círculo.-;Tan pronto? Hay tantas cosas que ver aquí...-Primero los naturales, luego los enteros... -dije ignorando su objeción-. Ahora querrás que adivine un número racional.-No soy tan previsible como tú -replicó el bibliotecario con afectada displicencia-. Pero no andas del todo desencaminado... Quiero que adivines dos números naturales...-Supongo que se trata de una trivialidad irónica -lo interrumpí-; o despectiva, tal vez. Para adivinar dos números naturales, no tengo más que aplicar dos veces consecutivas la estrategia seguida en la primera prueba.-Si me dejaras terminar las frases, tal vez llegaras a conclusiones menos simplistas --me reprendió el demonio con cara de resignación-. Quiero que adivines dos números a la vez. Yo pensaré una pareja de números naturales, y tú tendrás que adivinar de qué pareja se trata, no cada número por separado. Si yo pienso, por ejemplo, 18 y 37, y tú dices «18 y 42», no has superado media prueba: es como si no hubieras dicho nada. Tienes que decir dos y sólo dos números en cada intento, y han de coincidir con los dos que yo haya pensado.-¿En el mismo orden?-El orden no importa... por ahora.-Esta prueba no es tan sencilla como las anteriores -comenté tras una pausa.-Tampoco es el mismo tu grado de pertenencia (o pertinencia) con respecto a este círculo. No son pocos tus escritos violentos: sátiras, epigramas, panfletos, soflamas...--La soflama es eminentemente oral -protesté-, y yo nunca he practicado la violencia oral salvo en sus formas más leves e inofensivas.-En ese caso, puedes resolver la prueba por escrito -dijo el demonio sacándose de la manga papel, pluma y tintero. Escupió en el tintero para llenarlo de negra tinta y me entregó el recado de escribir-. Ya he pensado los dos números.La forma más lógica de proceder ordenadamente parecía emparejar primero el 1 con los demás números, luego el 2, y así sucesivamente; pero de esta manera me enfrentaba a infinitas series infinitas: un infinito al cuadrado.
1-1 1-2 1-3 1-4...2-1 2-2 2-3 2-4...3-1 3-2 3-3 3-4...4-1 4-2 4-3 4-4...
El bibliotecario miró por encima de mi hombro las parejas de números que yo había dispuesto sobre el papel en filas y columnas, y ladeó cómicamente la cabeza hacía la izquierda. Sin saber muy bien por qué, imité su gesto, con lo que el vértice superior izquierdo de mi cuadrado infinitamente infinito se convirtió en la cima de una montaña de números, y comprobé, en el sentido más litera! de la expresión, la conveniencia de abordar un problema desde diversos ángulos. Pues la perspectiva oblicua me reveló que no tenía más que descender por la ladera de la montaña para recorrer de forma ordenada y exhaustiva todas las parejas posibles.-Uno y uno, uno y dos, uno y tres, dos y dos, uno y cuatro... -empecé a recitar.-¿Cuál es el criterio? -me interrumpió el demonio.-Enumero las parejas por orden creciente según la suma de sus miembros: primero 1-1, cuyos miembros suman 2, luego 1-2 (suma 3), luego 1-3 y 2-2 {suma 4)...-Me temo que te he dado una pista al ladear la cabeza -comentó el bibliotecario con una risita.-Aprovechando que no hay un círculo de los soberbios, te diré que habría superado la prueba de todos modos.-Ya lo sé. De lo contrario, no te habría dado la pista.



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