El Libro Infierno ( CARLO FRABETTI ) - Parte 4
El Liberinto
El infierno era un laberinto de libros.-De los muchos caminos por los que se puede ir de un libro a otro -me advirtió el bibliotecario- sólo podrás seguir el más obvio y directo: el de la mención explícita. Es decir, para salir del libro que estés leyendo (lo hayas terminado o no, eso es asunto tuyo: obligarte a leer en contra de tu voluntad sería un tormento excesivo incluso para el infierno) y pasar a otro, en el primero tiene que nombrarse el segundo. No basta una mera cita o una referencia a los personajes o al autor: se ha de mencionar el libro mismo para que sea posible acceder a él.-¿Y sí estoy leyendo un libro en el que no se menciona ningún otro? -le pregunté al plomizo demonio.-Mala suerte -contestó abriendo teatralmente los brazos-. Quedarás atrapado en él.-No es justo -protesté-. En un laberinto, si te metes en un callejón sin salida puedes retroceder e intentar otro camino.-En un laberinto convencional -replicó el bibliotecario- no tienes un plano que te oriente. Pero para recorrer este laberinto tú cuentas con el hilo de Ariadna de tu enorme cultura literaria.Esto último lo dijo aflautando la voz (y la boca) y alargando irónicamente la «o» de «enorme».-Aun así, sólo tengo dos opciones: vagar indefinidamente de un libro a otro o quedar atrapado en uno de ellos. Un laberinto ha de tener una salida.-Encuéntrala, pues.-Tengo derecho a saber al menos qué debo buscar. ¿Cómo es esa salida?-En realidad, no hay una salida concreta esperándote en algún lugar, puesto que éste no es un laberinto físico sino conceptual -precisó el bibliotecario-. Pero como nada es seguro en este mundo (ni en ningún otro), no se puede excluir a priori la posibilidad de que encuentres o abras una vía de escape... Y ahora, escoge una puerta de entrada -concluyó señalando con un amplio gesto las interminables estanterías.-Ya que estoy en un infierno libresco -dije tras una pausa-, escogeré una obra de quien ingenuamente imaginó el paraíso bajo la especie de una biblioteca. Supongo que tendrás El Aleph.-Por supuesto; aquí están todos los libros -dijo el demonio mientras su brazo se alargaba desmesuradamente, serpenteaba por las estanterías y recobraba su tamaño normal para ofrecerme el libro pedido-. Aquí lo tienes. Buena elección, por cierto. La mayoría de los escritores construyen sus libros a partir de otros, pero Borges lo hace de manera especialmente descarada, y a veces incluso cita sus fuentes (seguramente para que cuando no las cita creamos que está diciendo algo propio). Aquí encontrarás muchos caminos entre los que elegir.Y eran muchos, en efecto. Sabía, y por eso lo había escogido como punto de partida, que en El Aleph se mencionan bastantes libros, pero me sorprendió comprobar su cantidad y variedad: más de cincuenta títulos en menos de doscientas páginas. Entre ellos, al menos uno imaginario: Los naipes del tahúr, que Borges se atribuye a sí mismo. Estuve tentado de pedir precisamente éste como segundo paso de mi peregrinaje literario, pero me pareció un riesgo excesivo. «Tal vez ese camino me lleve a una biblioteca imaginaria aún más opresiva que ésta -pensé-, o sea considerado un callejón sin salida». Aunque no lograba imaginar cómo sería, la posibilidad de quedar atrapado en un libro inexistente no me pareció muy halagüeña.Pero de pronto cambié de idea, pues en la movediza oscuridad del aparente cul-de-sac vislumbré la posibilidad de una salida. Me acordé de otro libro imaginario y dije:-Quiero pasar al Corán.-Elección lícita, desde luego -comentó el demonio con expresión sombría-. Borges lo menciona varias veces en El Aleph. Elección lícita, pero peligrosa. El Corán es un buen libro para perderse en él, pero no para acceder a otros libros, pues, en su magnificencia, los ignora todos.-Todos menos uno -repliqué sin molestarme en abrir el ejemplar que con la rapidez del rayo me había puesto en las manos el bibliotecario-. Aquí se menciona el Libro de Alá, en el que están consignados todos los acontecimientos pasados, presentes v futuros.-Ese libro no existe -masculló el demonio con los dientes apretados, sin poder reprimir un gesto de inquietud.-Sí que existe. Es el Libro del Universo, del que esta biblioteca, con sus millones de volúmenes, no es más que un apresurado y torpe escolio. Quiero tener pleno acceso al Libro. Cuando me canse de él te comunicaré mi siguiente elección.Nueve códices miniados echaron a volar agitando sus tapas correosas como alas de pterodáctilo, me envolvieron y me arrebataron hacia la altura, la única salida del Liberinto.
El infierno era un laberinto de libros.-De los muchos caminos por los que se puede ir de un libro a otro -me advirtió el bibliotecario- sólo podrás seguir el más obvio y directo: el de la mención explícita. Es decir, para salir del libro que estés leyendo (lo hayas terminado o no, eso es asunto tuyo: obligarte a leer en contra de tu voluntad sería un tormento excesivo incluso para el infierno) y pasar a otro, en el primero tiene que nombrarse el segundo. No basta una mera cita o una referencia a los personajes o al autor: se ha de mencionar el libro mismo para que sea posible acceder a él.-¿Y sí estoy leyendo un libro en el que no se menciona ningún otro? -le pregunté al plomizo demonio.-Mala suerte -contestó abriendo teatralmente los brazos-. Quedarás atrapado en él.-No es justo -protesté-. En un laberinto, si te metes en un callejón sin salida puedes retroceder e intentar otro camino.-En un laberinto convencional -replicó el bibliotecario- no tienes un plano que te oriente. Pero para recorrer este laberinto tú cuentas con el hilo de Ariadna de tu enorme cultura literaria.Esto último lo dijo aflautando la voz (y la boca) y alargando irónicamente la «o» de «enorme».-Aun así, sólo tengo dos opciones: vagar indefinidamente de un libro a otro o quedar atrapado en uno de ellos. Un laberinto ha de tener una salida.-Encuéntrala, pues.-Tengo derecho a saber al menos qué debo buscar. ¿Cómo es esa salida?-En realidad, no hay una salida concreta esperándote en algún lugar, puesto que éste no es un laberinto físico sino conceptual -precisó el bibliotecario-. Pero como nada es seguro en este mundo (ni en ningún otro), no se puede excluir a priori la posibilidad de que encuentres o abras una vía de escape... Y ahora, escoge una puerta de entrada -concluyó señalando con un amplio gesto las interminables estanterías.-Ya que estoy en un infierno libresco -dije tras una pausa-, escogeré una obra de quien ingenuamente imaginó el paraíso bajo la especie de una biblioteca. Supongo que tendrás El Aleph.-Por supuesto; aquí están todos los libros -dijo el demonio mientras su brazo se alargaba desmesuradamente, serpenteaba por las estanterías y recobraba su tamaño normal para ofrecerme el libro pedido-. Aquí lo tienes. Buena elección, por cierto. La mayoría de los escritores construyen sus libros a partir de otros, pero Borges lo hace de manera especialmente descarada, y a veces incluso cita sus fuentes (seguramente para que cuando no las cita creamos que está diciendo algo propio). Aquí encontrarás muchos caminos entre los que elegir.Y eran muchos, en efecto. Sabía, y por eso lo había escogido como punto de partida, que en El Aleph se mencionan bastantes libros, pero me sorprendió comprobar su cantidad y variedad: más de cincuenta títulos en menos de doscientas páginas. Entre ellos, al menos uno imaginario: Los naipes del tahúr, que Borges se atribuye a sí mismo. Estuve tentado de pedir precisamente éste como segundo paso de mi peregrinaje literario, pero me pareció un riesgo excesivo. «Tal vez ese camino me lleve a una biblioteca imaginaria aún más opresiva que ésta -pensé-, o sea considerado un callejón sin salida». Aunque no lograba imaginar cómo sería, la posibilidad de quedar atrapado en un libro inexistente no me pareció muy halagüeña.Pero de pronto cambié de idea, pues en la movediza oscuridad del aparente cul-de-sac vislumbré la posibilidad de una salida. Me acordé de otro libro imaginario y dije:-Quiero pasar al Corán.-Elección lícita, desde luego -comentó el demonio con expresión sombría-. Borges lo menciona varias veces en El Aleph. Elección lícita, pero peligrosa. El Corán es un buen libro para perderse en él, pero no para acceder a otros libros, pues, en su magnificencia, los ignora todos.-Todos menos uno -repliqué sin molestarme en abrir el ejemplar que con la rapidez del rayo me había puesto en las manos el bibliotecario-. Aquí se menciona el Libro de Alá, en el que están consignados todos los acontecimientos pasados, presentes v futuros.-Ese libro no existe -masculló el demonio con los dientes apretados, sin poder reprimir un gesto de inquietud.-Sí que existe. Es el Libro del Universo, del que esta biblioteca, con sus millones de volúmenes, no es más que un apresurado y torpe escolio. Quiero tener pleno acceso al Libro. Cuando me canse de él te comunicaré mi siguiente elección.Nueve códices miniados echaron a volar agitando sus tapas correosas como alas de pterodáctilo, me envolvieron y me arrebataron hacia la altura, la única salida del Liberinto.



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