El Libro Infierno ( CARLO FRABETTI ) - Parte 11
El Tercer Círculo
Soltando el gas aprisionado en su voraginoso vientre, el bibliotecario se elevó como un cohete.Me agarré apresuradamente a su rabo-timón, y en un santiamén llegamos al siguiente círculo, al que ya no convenía el nombre de pozo, pues su diámetro, de unos setenta metros, no era muy inferior a su altura. Más bien parecía un coliseo atestado de mudos espectadores de papel que, displicentes, nos daban la espalda.-Éste es el Tercer Círculo, el de los gulosos -dijo el demonio terminando de deshincharse con un sordo siseo-. Encontrarás aquí casi todos los libros de cocina...-¿Casi todos?-Por supuesto, ya que casi todos ellos dan prioridad al sentido del gusto sobre el sentido común. Y, lo que es mucho peor, dan por válida la brutal (amén de anética, antiestética, antidietética, antiecológica, antieconómica y antisocial) costumbre de devorar animales. (Cierto idiota moral que pasa por filósofo ha llegado a decir, para justificar esta y otras prácticas aún más despiadadas, que los animales no tienen derechos porque no tienen deberes; de acuerdo con este estólido argumento, los niños pequeños y los deficientes mentales tampoco tendrían derechos, y el propio «filósofo» en cuestión podría servir -ya que no para otra cosa- para hacer salchichas.)»El carnivorismo humano es una extensión del canibalismo (o viceversa). Mientras haya devoradores de animales, habrá amor-odio {o viceversa), es decir, miedo y tristeza. Los que se creen con derecho a comer vacas o cerdos (sin necesidad, quiero decir: el hambre lo justifica casi todo) y los que se creen con derecho a devorar (psicológica o simbólicamente) seres humanos con la coartada del "amor" (ver Segundo Círculo), son pigmeos morales de la misma ralea, obtusos vástagos de la misma ideología de la rapiña. Por no hablar de los cazadores, para quienes la gastronomía es un burdo pretexto, o de los taurófilos, o de los que convierten en espectáculo la matanza del cerdo... Hay que ser muy malo o muy estúpido para disfrutar matando o viendo matar... No es casual que los emblemas culinarios del Imperio sean la hamburguesa y el perrito caliente... Y, hablando de perritos, lo más grotesco es que muchos de esos caníbales sensu lato tienen mascotas a las que cuidan como a hijos. Sujetos que se horrorizarían si alguien degollara, desollara, eventrara, descuartizara y devorara a su perro o a su gato, devoran sin pestañear tiernos corderillos o encantadores conejitos degollados, desollados, eventrados y descuartizados por interpuesta persona.-Pero, entonces, ¿no deberían estar estos libros en el Séptimo Círculo?-Desde luego. En la medida en que no hay crimen sin víctima ni víctima sin agresión, prácticamente todos los libros de la biblioteca podrían estar en el Séptimo Círculo, por lo que a la sintomatología se refiere. Y si nos remitimos a la etiología, y en la medida en que la superficialidad es el único pecado («el mal es un error», dicen que dijo Sócrates), podrían estar todos en el Quinto. El nónuple escalonamiento de la biblioteca no pretende tener rigor taxonómico: es una glosa, un relato, más que una clasificación sensu stricto.-¿Y qué otros libros tienes aquí? -pregunté tras una pausa.-Hay muchas clases de hambre y de sed, y todas ellas (con excepción, tal vez, del hambre y la sed de justicia) degeneran a menudo en sus correspondientes formas de gula. El hambre de dinero (que no es lo mismo que la avaricia), por ejemplo, ha dado lugar a una copiosísima literatura. Por no hablar del hambre de poder, que es la más clara muestra de debilidad; por eso hay tantos políticos y ejecutivos bajitos...-Y bibliotecarios -añadí malévolo, mirando por encima del hombro al exiguo demonio.-Tal vez... Uno no elige su estatura, pero sí lo que hace con ella -replicó enigmático.-Pues, en función de mis elecciones, éste es el último lugar en el que merezco estar -dije con convicción-. Soy vegetariano desde que tengo uso de razón, y nunca he concedido mayor importancia ni a las riquezas ni al poder.--Depende de a qué riquezas y a qué poder nos refiramos -precisó el bibliotecario mirándome fijamente con sus ojillos melancólicos-. Tu insaciable hambre de conocimiento, tan noble y desinteresada, ¿no esconde acaso el deseo de sentirte superior, de pertenecer a una oligarquía intelectual? Y tu sed de aventuras, tan juvenil (por no decir pueril) y generosa, ¿no es también la expresión de una adleriana y vergonzante voluntad de poderío?-No diré que yo no tenga nada que ver con este círculo -enrojecí-, sino que no creo quesea el lugar más adecuado para mí.-En eso estamos de acuerdo. Pero puesto que has logrado salir de los círculos anteriores, paradójicamente tendré que retenerte en éste, que es el que menos te corresponde.-Suponiendo que no supere la próxima prueba.-No puedo correr más riesgos, de modo que esta vez sí, voy a asignarte una tarea infinita. Una tarea, por cierto, que iniciaste en tu infancia -dijo el demonio sacándose de la manga una cerilla que encendió frotándola contra uno de sus breves cuernos. Y a la luz del fósforo diabólico me vi a mí mismo, a los cuatro años, escribiendo apretadas hileras de números en un pliego de papel marrón, grande y arrugado, que había sido el envoltorio de un paquete.-Quería escribir todos los números --dije con una sonrisa entre nostálgica y auto conmiserativa.-Pues ahora tienes la ocasión de hacerlo. Puesto que el tema de este círculo es la insaciabilidad, nada más adecuado como tarea infernal que la confección de un libro infinito: el Libro de los Números. Sólo los naturales, naturalmente, valga la redundancia.Dicho esto, el bibliotecario se prendió fuego a sí mismo con su cerilla evocadora y ardió en menos de lo que se tarda en decirlo, dejando como único residuo un oscuro montón de ceniza.Al cabo de un rato lo llamé, y el fuego regresó a la ceniza, que se esponjó al absorberlo y se elevó del suelo como una veloz estalagmita de humo semisólido y centelleante. La cenicienta columna buscó y halló la forma del plomizo demonio, que me preguntó sorprendido:-¿Tienes alguna duda con respecto a tu tarea?-Ninguna. Era una tarea sumamente clara y sencilla, y ya la he terminado.-¿De veras? ¿Dónde está, pues, el infinito Libro de los Números?-Aquí -contesté tendiéndole el ordenador portátil, que, casi sin darme cuenta, había llevado conmigo desde el círculo anterior-. Para mayor comodidad, he puesto un número en cada página: el 1 en la página 1, el 2 en la página 2, el 3 en la página 3, y así sucesiva e indefinidamente. Para llamar un número, no tienes más que marcar en el teclado la página correspondiente, e ipso facto (nunca mejor dicho) aparecerá en la pantalla... ¿Quieres comprobarlo?-¡No has hecho nada! -exclamó el bibliotecario aflautando la voz (y la boca)-. ¡Esta vez ni siquiera te has molestado en preparar un sencillo programa! Al marcar la página, yo mismo escribo el número correspondiente...-La tarea infinita se equipara a la tarea nula, como el acto a la potencia... Espero que aprecies la elegancia de la solución.
Soltando el gas aprisionado en su voraginoso vientre, el bibliotecario se elevó como un cohete.Me agarré apresuradamente a su rabo-timón, y en un santiamén llegamos al siguiente círculo, al que ya no convenía el nombre de pozo, pues su diámetro, de unos setenta metros, no era muy inferior a su altura. Más bien parecía un coliseo atestado de mudos espectadores de papel que, displicentes, nos daban la espalda.-Éste es el Tercer Círculo, el de los gulosos -dijo el demonio terminando de deshincharse con un sordo siseo-. Encontrarás aquí casi todos los libros de cocina...-¿Casi todos?-Por supuesto, ya que casi todos ellos dan prioridad al sentido del gusto sobre el sentido común. Y, lo que es mucho peor, dan por válida la brutal (amén de anética, antiestética, antidietética, antiecológica, antieconómica y antisocial) costumbre de devorar animales. (Cierto idiota moral que pasa por filósofo ha llegado a decir, para justificar esta y otras prácticas aún más despiadadas, que los animales no tienen derechos porque no tienen deberes; de acuerdo con este estólido argumento, los niños pequeños y los deficientes mentales tampoco tendrían derechos, y el propio «filósofo» en cuestión podría servir -ya que no para otra cosa- para hacer salchichas.)»El carnivorismo humano es una extensión del canibalismo (o viceversa). Mientras haya devoradores de animales, habrá amor-odio {o viceversa), es decir, miedo y tristeza. Los que se creen con derecho a comer vacas o cerdos (sin necesidad, quiero decir: el hambre lo justifica casi todo) y los que se creen con derecho a devorar (psicológica o simbólicamente) seres humanos con la coartada del "amor" (ver Segundo Círculo), son pigmeos morales de la misma ralea, obtusos vástagos de la misma ideología de la rapiña. Por no hablar de los cazadores, para quienes la gastronomía es un burdo pretexto, o de los taurófilos, o de los que convierten en espectáculo la matanza del cerdo... Hay que ser muy malo o muy estúpido para disfrutar matando o viendo matar... No es casual que los emblemas culinarios del Imperio sean la hamburguesa y el perrito caliente... Y, hablando de perritos, lo más grotesco es que muchos de esos caníbales sensu lato tienen mascotas a las que cuidan como a hijos. Sujetos que se horrorizarían si alguien degollara, desollara, eventrara, descuartizara y devorara a su perro o a su gato, devoran sin pestañear tiernos corderillos o encantadores conejitos degollados, desollados, eventrados y descuartizados por interpuesta persona.-Pero, entonces, ¿no deberían estar estos libros en el Séptimo Círculo?-Desde luego. En la medida en que no hay crimen sin víctima ni víctima sin agresión, prácticamente todos los libros de la biblioteca podrían estar en el Séptimo Círculo, por lo que a la sintomatología se refiere. Y si nos remitimos a la etiología, y en la medida en que la superficialidad es el único pecado («el mal es un error», dicen que dijo Sócrates), podrían estar todos en el Quinto. El nónuple escalonamiento de la biblioteca no pretende tener rigor taxonómico: es una glosa, un relato, más que una clasificación sensu stricto.-¿Y qué otros libros tienes aquí? -pregunté tras una pausa.-Hay muchas clases de hambre y de sed, y todas ellas (con excepción, tal vez, del hambre y la sed de justicia) degeneran a menudo en sus correspondientes formas de gula. El hambre de dinero (que no es lo mismo que la avaricia), por ejemplo, ha dado lugar a una copiosísima literatura. Por no hablar del hambre de poder, que es la más clara muestra de debilidad; por eso hay tantos políticos y ejecutivos bajitos...-Y bibliotecarios -añadí malévolo, mirando por encima del hombro al exiguo demonio.-Tal vez... Uno no elige su estatura, pero sí lo que hace con ella -replicó enigmático.-Pues, en función de mis elecciones, éste es el último lugar en el que merezco estar -dije con convicción-. Soy vegetariano desde que tengo uso de razón, y nunca he concedido mayor importancia ni a las riquezas ni al poder.--Depende de a qué riquezas y a qué poder nos refiramos -precisó el bibliotecario mirándome fijamente con sus ojillos melancólicos-. Tu insaciable hambre de conocimiento, tan noble y desinteresada, ¿no esconde acaso el deseo de sentirte superior, de pertenecer a una oligarquía intelectual? Y tu sed de aventuras, tan juvenil (por no decir pueril) y generosa, ¿no es también la expresión de una adleriana y vergonzante voluntad de poderío?-No diré que yo no tenga nada que ver con este círculo -enrojecí-, sino que no creo quesea el lugar más adecuado para mí.-En eso estamos de acuerdo. Pero puesto que has logrado salir de los círculos anteriores, paradójicamente tendré que retenerte en éste, que es el que menos te corresponde.-Suponiendo que no supere la próxima prueba.-No puedo correr más riesgos, de modo que esta vez sí, voy a asignarte una tarea infinita. Una tarea, por cierto, que iniciaste en tu infancia -dijo el demonio sacándose de la manga una cerilla que encendió frotándola contra uno de sus breves cuernos. Y a la luz del fósforo diabólico me vi a mí mismo, a los cuatro años, escribiendo apretadas hileras de números en un pliego de papel marrón, grande y arrugado, que había sido el envoltorio de un paquete.-Quería escribir todos los números --dije con una sonrisa entre nostálgica y auto conmiserativa.-Pues ahora tienes la ocasión de hacerlo. Puesto que el tema de este círculo es la insaciabilidad, nada más adecuado como tarea infernal que la confección de un libro infinito: el Libro de los Números. Sólo los naturales, naturalmente, valga la redundancia.Dicho esto, el bibliotecario se prendió fuego a sí mismo con su cerilla evocadora y ardió en menos de lo que se tarda en decirlo, dejando como único residuo un oscuro montón de ceniza.Al cabo de un rato lo llamé, y el fuego regresó a la ceniza, que se esponjó al absorberlo y se elevó del suelo como una veloz estalagmita de humo semisólido y centelleante. La cenicienta columna buscó y halló la forma del plomizo demonio, que me preguntó sorprendido:-¿Tienes alguna duda con respecto a tu tarea?-Ninguna. Era una tarea sumamente clara y sencilla, y ya la he terminado.-¿De veras? ¿Dónde está, pues, el infinito Libro de los Números?-Aquí -contesté tendiéndole el ordenador portátil, que, casi sin darme cuenta, había llevado conmigo desde el círculo anterior-. Para mayor comodidad, he puesto un número en cada página: el 1 en la página 1, el 2 en la página 2, el 3 en la página 3, y así sucesiva e indefinidamente. Para llamar un número, no tienes más que marcar en el teclado la página correspondiente, e ipso facto (nunca mejor dicho) aparecerá en la pantalla... ¿Quieres comprobarlo?-¡No has hecho nada! -exclamó el bibliotecario aflautando la voz (y la boca)-. ¡Esta vez ni siquiera te has molestado en preparar un sencillo programa! Al marcar la página, yo mismo escribo el número correspondiente...-La tarea infinita se equipara a la tarea nula, como el acto a la potencia... Espero que aprecies la elegancia de la solución.



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